Cuando Alemania quedó eliminada en fase de grupos de Rusia 2018, el golpe se sintió como una anomalía histórica. Cuando volvió a caer en fase de grupos en Qatar 2022, ya no fue anomalía: fue patrón. Dos Copas del Mundo consecutivas sin pasar de la primera fase. Para una selección cuatro veces campeona del mundo, finalista en ocho ocasiones y semifinalista habitual durante décadas, los dos fracasos seguidos fueron una herida que exige reconstrucción. Y Alemania ahora llega al Mundial 2026 con un proyecto claro: el de Julian Nagelsmann.
Del imperio a la crisis
Alemania fue campeona del mundo en 1954, 1974, 1990 y 2014. Ese último título, en Brasil, incluyó el histórico 7-1 a la selección local en semifinales. Aquel equipo, dirigido por Joachim Löw, representaba la cumbre de un modelo: fútbol asociativo, jugadores técnicos, transiciones rápidas, presión ordenada. Parecía intocable.
Cuatro años después, en Rusia, todo se vino abajo. Alemania perdió con México en el debut, venció apenas a Suecia con un golazo de Toni Kroos en el minuto 95 y cayó ante Corea del Sur 2-0 en la tercera fecha. Eliminación en fase de grupos. Primera vez desde 1938. Shock absoluto.
En Qatar 2022, el intento de reconstrucción bajo Hansi Flick duró tres partidos: derrota frente a Japón, empate con España y victoria contra Costa Rica. Insuficiente. Otra eliminación en primera ronda. Otro trauma.
El mensaje era claro: Alemania había perdido su identidad y, peor aún, no sabía cómo recuperarla.
Septiembre de 2023: entra Nagelsmann
Julian Nagelsmann llegó al banquillo alemán en septiembre de 2023, cuando todavía era considerado uno de los jóvenes entrenadores más prometedores de Europa. Venía de dirigir a Bayern Múnich, antes a RB Leipzig, antes a Hoffenheim. Su estilo era conocido: presión alta, defensa en bloque medio, ataques verticales, ajustes tácticos frecuentes. A los 36 años cuando lo nombraron, se convirtió en uno de los seleccionadores más jóvenes en la historia reciente del fútbol europeo.
Su mandato inicial era sencillo de describir y brutal de ejecutar: devolver a Alemania una identidad clara antes de la Eurocopa 2024, que se jugaría como anfitriones en casa.
Eurocopa 2024: renacimiento parcial
La Eurocopa 2024 fue el primer test real. Alemania organizó el torneo. Tenía que rendir. Y rindió, aunque sin alcanzar la cima. La Mannschaft llegó a cuartos de final, donde cayó ante España, la futura campeona, en tiempo suplementario. No fue un fracaso, pero tampoco un éxito pleno. Sí fue, eso sí, una señal: Alemania volvía a jugar con intención.
Jamal Musiala fue una de las figuras del torneo. Florian Wirtz apareció como conductor creativo. Kai Havertz se consolidó como referencia ofensiva versátil. Joshua Kimmich aportó orden y jerarquía. Y Antonio Rüdiger, siempre duro, siempre en la pelea, lideró la defensa con la personalidad de siempre.
Nagelsmann pudo mirar a los ojos al país y decir: "Estamos construyendo". Y el país, con una mezcla de escepticismo y esperanza, aceptó esperar.
Los nombres que definen este ciclo
El ciclo rumbo al Mundial 2026 está marcado por dos nombres que representan todo lo que el fútbol alemán quiere ser: Florian Wirtz y Jamal Musiala. Dos jugadores nacidos con cuatro meses de diferencia, ambos creativos ofensivos, ambos técnicos, ambos con la capacidad de decidir partidos en un solo toque. Son, posiblemente, los dos jugadores alemanes más talentosos surgidos desde la generación de Özil y Kroos.
Wirtz brilló en Bayer Leverkusen antes de dar el salto al Liverpool. Musiala ya es, a pocos años de haber debutado, uno de los referentes del Bayern Múnich. Ambos representan esa nueva Alemania: menos metódica que la de Beckenbauer, menos maquinaria que la del 90, más ligera, más técnica, más parecida al fútbol ibérico que al estereotipo histórico alemán.
Alrededor de ellos, Kimmich organiza desde el medio, Havertz busca el balance entre asistir y anotar, y Rüdiger comanda una defensa que ha encontrado cierta estabilidad. Los laterales, una debilidad crónica en los últimos años, siguen siendo la zona gris del proyecto.
Reconquista o fracaso: no hay intermedio
Para Alemania, el Mundial 2026 no ofrece lugar para los matices. Llegar otra vez a fase de grupos y caer temprano sería institucionalmente insostenible: el tercer fracaso consecutivo de un campeón del mundo, otra vez, en un espejo incómodo con lo que acaba de sucederle a Italia.
El objetivo mínimo realista es avanzar a cuartos de final. El objetivo saludable es llegar a semifinales. El objetivo soñado —levantar por quinta vez la Copa del Mundo— parece ambicioso, pero no imposible con Wirtz y Musiala en plenitud.
Nagelsmann lo sabe. La Federación alemana lo sabe. Los jugadores lo saben. Y lo saben también los aficionados que todavía recuerdan aquel 7-1 a Brasil y todavía esperan que el país con cuatro estrellas y ocho finales vuelva a ser temible en una Copa del Mundo.
Alemania en el Mundial 2026 no es una historia más. Es una historia de identidad. De recuperar algo perdido. De probar que las dos debacles anteriores fueron un paréntesis y no una sentencia definitiva. El balón empezará a rodar en junio. Y por primera vez en mucho tiempo, la Mannschaft llega con algo parecido a la esperanza.