Marcelo Bielsa no cree en los homenajes. Cuando asumió como seleccionador de Uruguay en mayo de 2023, muchos esperaban que respetara a los símbolos: Luis Suárez y Edinson Cavani, los dos máximos goleadores de la historia de la Celeste, todavía en condiciones físicas para aportar. Bielsa hizo lo contrario. Les dijo gracias, adiós, y abrió una nueva etapa. La señal fue contundente: Uruguay rumbo al Mundial 2026 no iba a ser una continuación. Iba a ser una reconstrucción.
Y en el fútbol, cuando Bielsa reconstruye, rara vez lo hace con medias tintas.
Bielsa: filosofía antes que táctica
Marcelo Bielsa no es un entrenador como cualquier otro. Es un constructor de procesos, un obsesivo del detalle, un tipo que ve veinte partidos de un equipo rival antes de una conferencia de prensa. Su fútbol tiene nombre propio: presión alta, juego vertical, intensidad sostenida, valentía estructural. No negocia con el planteo. O se juega al modo Bielsa, o no se juega.
Cuando asumió en Uruguay en mayo de 2023, heredó una selección golpeada. El ciclo anterior, con Diego Alonso como técnico, había terminado en Qatar 2022 con una eliminación en fase de grupos que dolió profundamente. Uruguay venía acumulando una década dorada —semifinales del Mundial 2010, cuartos en 2018, Copa América 2011— y de pronto quedaba fuera de la Copa del Mundo en primera ronda. El desgaste del ciclo Óscar Tabárez, extendido durante quince años, había llegado a su término natural sin una transición clara.
Bielsa llegó con un mandato tácito: romper, limpiar, reconstruir. No simplemente entrenar: refundar.
La decisión: Suárez y Cavani fuera del radar
Uno de los gestos más significativos del proceso Bielsa fue no llamar a Luis Suárez ni a Edinson Cavani. Ambos, con apellidos escritos en letras doradas en la historia celeste, ambos con voluntad de seguir representando a su país. Bielsa decidió mirar hacia adelante. No por desprecio —nunca en público cuestionó su trayectoria—, sino por convicción: el nuevo Uruguay necesitaba jugadores que pudieran sostener su sistema de presión alta durante 90 minutos y en todos los partidos.
La decisión causó debate. Parte del país entendió el planteo, otra parte lo sintió como una injusticia hacia dos leyendas. Pero Bielsa no acostumbra a explicar mucho: se apoya en sus resultados y en su coherencia interna. Y los resultados, rápidamente, le dieron la razón.
Copa América 2024: el primer examen aprobado
El primer gran test del ciclo Bielsa fue la Copa América 2024, disputada en Estados Unidos. Uruguay llegó como incógnita y se fue como una de las sensaciones del torneo. Llegó hasta la semifinal, donde cayó ante Colombia 1-0 tras un partido áspero y lleno de incidentes. Terminó tercero. Pero más importante que el resultado fue el modo. Uruguay jugaba distinto a toda su historia reciente: agresivo en la presión, con intención de tener la pelota, con valentía ofensiva. Dejó de ser "el equipo que sufre y aguanta" para convertirse en "el equipo que propone y ataca".
Para una selección acostumbrada al estereotipo de la garra como último recurso, era una pequeña revolución conceptual.
Los nombres de la nueva Celeste
El nuevo Uruguay tiene columna vertebral clara. Federico Valverde, mediocampista de Real Madrid, es el corazón del proyecto: físico descomunal, llegada al área, calidad técnica y jerarquía europea. Bielsa lo usa en múltiples zonas del campo según el partido, a veces como volante mixto, a veces como interior ofensivo.
Adelante, Darwin Núñez es el referente ofensivo. El ex Benfica, hoy en el Al-Hilal (y con experiencia en otros destinos), combina potencia, velocidad y gol. No siempre es impecable en la definición, pero su capacidad para generar desequilibrio en cada partido lo hace titular indiscutido.
En el medio, Rodrigo Bentancur aporta orden, visión y pausa: uno de los mediocampistas más inteligentes que ha producido Uruguay en años. Atrás, Ronald Araújo —central de Barcelona— ancla la defensa con su presencia aérea y su temple en el uno contra uno. Y Facundo Pellistri, extremo derecho, añade velocidad y desequilibrio en los costados.
Es un plantel más joven que los anteriores ciclos celestes, con promedio de edad bajando claramente. Es el Uruguay que Bielsa quería: rápido, intenso, con hambre.
Historia celeste: peso específico en cada Mundial
Uruguay no es una selección más en Copas del Mundo. Es, de hecho, una de las más importantes de la historia. Campeón en 1930, cuando organizó el primer Mundial, y campeón en 1950 en el Maracanazo histórico sobre Brasil. Dos títulos que pesan en el ADN de un país futbolero por encima de lo que sugiere su población.
Más recientemente, la semifinal de Sudáfrica 2010 bajo Tabárez y con Suárez como emblema —aunque con la mano polémica contra Ghana de por medio— volvió a poner a Uruguay en la elite mundial. Después vino el octavos a Brasil 2014, los cuartos en Rusia 2018, y la decepción en Qatar 2022. El Mundial 2026 ofrece la chance de reiniciar la curva.
Qué esperar de esta Celeste en el Mundial 2026
La gran pregunta no es si Uruguay competirá bien. Con Bielsa y este plantel, no hay dudas al respecto. La pregunta es hasta dónde puede llegar el proceso en su fase más exigente: un torneo corto con rivales de elite y sin margen de error.
Llegar a cuartos de final sería un resultado notable. Alcanzar semifinales repetiría el hito de 2010. Cualquier cosa más allá sería revivir 1950 y entrar en terreno mitológico. Lo realista, para un ciclo tan nuevo, es una actuación competitiva y digna: un Uruguay que no solo clasifique a octavos, sino que llegue a octavos con ideas y no con resignación.
Lo que ya está asegurado, en cualquier escenario, es una cosa: esta Celeste no se parecerá a ninguna otra que haya jugado un Mundial. El sello Bielsa ya es visible. El proceso ya es real. Y Uruguay, después de años de transición incómoda, vuelve al Mundial con identidad clara y con una camiseta que otra vez significa algo muy específico sobre el césped.