Imagínelo: 11 de junio de 2026, seis de la tarde en Ciudad de México, 85,000 personas en el Estadio Azteca, el himno mexicano rebotando contra las paredes de hormigón, y una pelota esperando rodar. El Mundial 2026 va a comenzar en esta cancha, en este país, con esta gente. Y con una selección arrastrando una obsesión de tres décadas llamada "el quinto partido".
México es, desde ya, un país histórico en la organización de Copas del Mundo. Con el Mundial 2026, se convertirá en la primera nación que alberga tres Copas del Mundo: 1970, 1986 y 2026. Ningún otro país lo ha hecho. Ni Brasil, ni Alemania, ni Italia, ni Francia. Solo México.
Tres Mundiales, tres contextos, un solo estadio
En 1970, México organizó por primera vez. Fue el Mundial de Pelé, de aquel Brasil mágico, de la final 4-1 ante Italia en el Azteca. En 1986, tras la renuncia de Colombia como sede original, México volvió a salvar el torneo. Fue el Mundial de Maradona, de la mano de Dios, del gol del siglo, del segundo título argentino.
En 2026, el país vuelve a recibir al mundo, esta vez como coanfitrión junto a Estados Unidos y Canadá. La sede del partido inaugural será, sin sorpresa, el Estadio Azteca. Ese templo del fútbol que ya vio a Brasil levantar la copa, que ya vio a Maradona clavarle dos goles a Inglaterra, que ahora verá a una nueva generación de mexicanos abriendo la Copa del Mundo 2026 ante los ojos del planeta entero.
La maldición del quinto partido
Para entender lo que México se juega en este Mundial hay que hablar de un número doloroso: siete. Siete Mundiales consecutivos, desde 1994 hasta 2018, en los que la Tri cayó exactamente en octavos de final. Siete. 1994, 1998, 2002, 2006, 2010, 2014, 2018. Ni una vez más, ni una vez menos. El "quinto partido" —pasar a cuartos, jugar una quinta instancia— se convirtió en obsesión nacional, en broma cruel, en trauma repetido.
Y entonces llegó Qatar 2022. Pero no para romper la maldición, sino para hundirla más. México no superó la fase de grupos por primera vez desde 1978. Cayó en la tercera fecha ante Arabia Saudita, empató con Polonia, perdió con Argentina. Volvió a casa antes que nunca. La diferencia de goles, en lugar del quinto partido, fue la que decretó la eliminación.
El golpe fue tan duro que cambió completamente la hoja de ruta rumbo a 2026. Si antes se hablaba de romper el techo, ahora se habla de volver a la base: solidez defensiva, identidad clara, orden táctico. Y para eso, la Federación Mexicana de Fútbol tomó una decisión conocida.
Javier Aguirre: el regreso del Vasco
Javier "el Vasco" Aguirre fue seleccionador de México en dos oportunidades previas (Sudáfrica 2010 y como técnico durante las eliminatorias al 2002) y volvió por tercera vez en 2024. Su perfil encaja con lo que la Tri necesita ahora mismo: experiencia internacional, conocimiento profundo del jugador mexicano, respeto del vestuario y temperamento frío para decisiones duras.
Aguirre no promete romanticismo. Promete oficio. Y en una selección que venía de un fracaso histórico, el oficio es tierra firme.
Bajo su mando, México recuperó orden defensivo, volvió a ser un equipo compacto y difícil de vencer. No llegará al Mundial 2026 como candidato a levantar la copa, pero sí como un equipo que quiere incomodar a cualquiera. Y con jugadores que, si aparecen, pueden decidir partidos.
La columna vertebral de la Tri
En el mediocampo, Edson Álvarez es el pilar. El "Machín", hoy en West Ham, aporta rompimiento, liderazgo y una mentalidad defensiva que se hace sentir. Al lado, César Montes sostiene la defensa con su juego aéreo y temple en el uno contra uno.
Arriba, las miradas están sobre Santiago Giménez. El "Bebote", goleador del Milan tras explotar en Feyenoord, carga con la esperanza de ser el centrodelantero del que México carecía desde hace años. Y Raúl Jiménez, ya en la recta final de su carrera internacional, aporta peso específico y jerarquía en una delantera que también cuenta con Hirving "Chucky" Lozano, capaz de encender un partido en segundos cuando el escenario está a su medida.
No es una generación estelar al nivel de la del 86 o de la del 98, pero es una generación competitiva con nombres en ligas de primer nivel. Y eso, con buena preparación, alcanza para soñar.
Lo que está en juego: un país entero mirándose al espejo
Jugar un Mundial en casa es una oportunidad única en una vida futbolística. Casi ningún jugador profesional lo vive. Para esta generación de mexicanos, es exactamente eso: la oportunidad única. Giménez, Álvarez, Montes, Lozano no volverán a disputar una Copa del Mundo en México. Nadie sabe si la verán de nuevo desde una cancha.
El plan de Aguirre es pragmático: salir primero del grupo, ganarse un cruce manejable en dieciseisavos (primera fase del nuevo formato a 48 equipos con 32 clasificados en eliminación directa) y, recién entonces, apuntar al famoso quinto partido. Avanzar más allá de octavos por primera vez desde 1986 sería el éxito total. Cualquier cosa por debajo del pase a la ronda de dieciseisavos se consideraría, en tono crudo, fracaso.
Pero hay algo más grande que los cruces y los octavos. Hay un himno sonando en el Azteca. Hay 85,000 mexicanos cantándolo. Hay una pelota esperando rodar. Y hay, por tercera vez en la historia, un Mundial en casa. La Tri no tendrá mejor escenario nunca. Ni mejor motivo.