El 11 de junio de 2026, cuando el Estadio Azteca rompa en cantos y México inaugure la Copa del Mundo, la selección de Estados Unidos no jugará ese partido. Pero jugará poco después, en algún estadio norteamericano colmado, con más de sesenta mil gargantas coreando "USA, USA". Y en el centro de esa escena, con la cinta de capitán al brazo, estará Christian Pulisic.
Estados Unidos es anfitrión del Mundial 2026 por segunda vez en su historia. La primera fue en 1994, cuando el fútbol todavía era para muchos estadounidenses un deporte lejano. Treinta y dos años después, la historia es otra. Y la selección también.
Del experimento de 1994 a la potencia de 2026
En 1994, Estados Unidos llegaba al Mundial como curiosidad organizativa. El país no tenía liga profesional consolidada —la MLS nació como consecuencia directa de aquel torneo—, y su selección era una mezcla de jugadores universitarios, algunos expatriados y voluntad más que jerarquía. Eliminó a Colombia en fase de grupos —tras el histórico autogol de Andrés Escobar— y cayó en octavos ante Brasil, futuro campeón.
En 2002, en Corea y Japón, Estados Unidos llegó aún más lejos: cuartos de final, eliminado por Alemania con polémica incluida (el famoso mano de Frings no sancionada). Aquel equipo, liderado por Claudio Reyna y Landon Donovan, sigue siendo el techo histórico de la selección masculina.
Ahora, en 2026, el objetivo es otro. Estados Unidos ya no es un invitado exótico. Es una selección con jugadores en los clubes más grandes de Europa, con una base técnica moderna, con inversión millonaria en formación. Y con algo inédito: la responsabilidad de ser anfitrión en una Copa del Mundo expandida a 48 equipos.
Pulisic, líder natural de una generación
Christian Pulisic tiene 27 años y es, sin matices, la cara del fútbol estadounidense. Salió de Dortmund siendo un adolescente talentoso, pasó por Chelsea ganando una Champions League, y hoy brilla en Milan como una de las figuras ofensivas de la Serie A. En la selección lleva la camiseta número 10 y la responsabilidad que viene con ella.
A su alrededor, una generación que maduró junta. Weston McKennie, mediocampista de Juventus, aporta físico y carácter. Tyler Adams, volante central en Bournemouth, es el metrónomo defensivo. Gio Reyna, hijo del legendario Claudio, busca su mejor versión después de lesiones reiteradas. Folarin Balogun, el delantero nacido en Nueva York pero formado en Europa, aporta gol. Y Yunus Musah, mediocampista de apenas 23 años pero con años ya en la selección, completa un bloque técnico de nivel internacional.
Ningún equipo estadounidense anterior había tenido tantos jugadores titulares en ligas top-5 europeas. Esta generación es, objetivamente, la mejor de la historia del fútbol masculino del país.
Pochettino: el apuesta argentina al banquillo
En septiembre de 2024, US Soccer hizo una apuesta fuerte: contratar al argentino Mauricio Pochettino como seleccionador. Pochettino venía de dirigir a Chelsea, y antes había marcado época en Tottenham —al que llevó a una final de Champions League— y en Paris Saint-Germain. Su llegada rompió la lógica histórica de entrenadores locales o alemanes en la selección de Estados Unidos.
La apuesta era clara: Pochettino sabe manejar vestuarios grandes, sabe trabajar con jóvenes estrellas, y sabe exactamente qué significa la presión de un torneo corto. Tenía menos de dos años para armar un equipo, encontrar un sistema y llevar a Estados Unidos lo más lejos posible como anfitrión.
Su estilo —intensidad, presión alta, juego vertical— encaja bien con el perfil físico de los jugadores estadounidenses. Su desafío principal ha sido encontrar el equilibrio entre atreverse y no exponerse, entre darle libertad a Pulisic y Balogun y mantener una estructura defensiva sólida.
El peso de jugar en casa
Ser anfitrión es, simultáneamente, el sueño y la pesadilla. Es el sueño porque nunca habrá más apoyo en las tribunas. Es la pesadilla porque la presión, en un país donde el fútbol compite con el béisbol, el basquetbol y el fútbol americano, tiene un componente mediático feroz: si Estados Unidos falla en casa, el golpe es doble.
México lo sabe mejor que nadie: ya organizó dos Mundiales y la "quinta partido" sigue siendo mito. Estados Unidos busca evitar ese tipo de trauma. El plan es llegar al menos a cuartos de final —igualando el registro histórico de 2002— y, si las estrellas se alinean, incluso cruzar ese umbral. La Copa del Mundo 2026 se juega en estadios enormes, con capacidades cercanas o superiores a los 70,000 espectadores en varias sedes. El factor cancha será, probablemente, el más determinante de la historia reciente.
Un Mundial que define una era
Si esta generación —Pulisic, McKennie, Adams, Reyna, Balogun, Musah— no logra un resultado histórico en casa, la pregunta obvia será: ¿entonces cuándo? Algunos de ellos no llegarán al Mundial 2030 en sus mejores años. Pulisic tendrá 31, McKennie 32, Adams 31. La ventana es esta.
Estados Unidos llega al Mundial 2026 con estructura, con jugadores de elite, con un entrenador de jerarquía y con el público de su lado. Es la mejor oportunidad que el fútbol masculino del país ha tenido nunca para dejar una marca. El 11 de junio el torneo empieza en México. Pero en algún rincón del calendario, pronto, Pulisic saldrá a una cancha en su propio país con la mirada fija, la 10 en la espalda, y cuatro años de preparación condensados en noventa minutos.